Thomas Manton, escribe: “Nadie estaba capacitado para dar este rescate, sino Jesucristo, quien era Dios-hombre. Él era hombre para llevarlo a cabo en nuestra representación, y Dios para llevarlo a cabo en Su propia fuerza; un hombre para que fuese puesto bajo la ley y humillado incluso hasta la muerte de cruz por causa nuestra, y todo esto fue elevado más allá del valor de  acciones y sufrimientos creados por la naturaleza divina que estaba en Él; la cual perfumó su humanidad y todo lo hecho por ella y en ella. Esto puso el sello en el metal haciéndolo una moneda de cambio, impuso un valor infinito sobre Su obediencia y sufrimientos finitos” (Traducido de Works, Vol.1, p.421).

Octavius Winslow, escribe: “La Deidad del Hijo de Dios impartió una vitalidad divina y valor a la sangre que fluyó de Su naturaleza humana. Tan estrecha e íntima fue la misteriosa unión, que mientras la Deidad efectuaba la propiciación por medio de la humanidad, la humanidad derivaba   de la Deidad todo su poder y virtud para hacer propiciación. Hubo Deidad en la sangre de Jesús, una vitalidad Divina que marcó su infinito valor, dignidad y virtud” (Traducido de Morning Thoughts, p. 439).

Thomas Boston escribe: “Lo inmenso del precio que Cristo pagó por su [ie. del creyente] vida,  es decir a Su propia sangre preciosa (1 Pedro 1:19). Este precio fue la sangre de Dios (Hechos 20:28). Se hubiese derrumbado el mundo entero hasta quedar nada, hubiesen los ángeles caído bajo la ira de Dios y muerto cada uno de ellos mil muertes por nuestra vida; qué sería todo esto en comparación con Dios muriendo” (Traducido de Works, Vol.4, p244).

J.C. Philpot, escribe: La propiciación por el pecado se mantiene en pie o se derrumba en la deidad de Cristo. Si negamos Su deidad, debemos negar la propiciación; porque ¿qué valor o mérito puede haber en la sangre de un simple hombre que Dios, que por ella, pueda perdonar millones de pecados?” (Traducido de Through Bacas Vale, p.82).

G. Campbell Morgan, escribe: “Pensar en esto materialmente, nos presenta dificultades; pero si recordamos aquello que es supremo a nuestra comprensión del misterio de la redención; que Dios era en Cristo, y que no puede haber algún intento de dividir o separar estos dos hechos en el único Ser, por lo tanto, podemos entender como, en este punto, el apóstol hace uso de las palabras más desafiantes en todos sus escritos; la Iglesia, redimida por Su propia sangre, que es la sangre de Cristo, y en ese sentido, la misma sangre de Dios… Lo sugerente de esa fusión de Deidad y humanidad en la persona de Cristo es muy importante. No podemos considerar la muerte de Cristo como la muerte de un hombre ordinario, porque la Persona es enteramente diferente, que Su misma sangre, es mencionada aquí como tratándose de la de Dios mismo. En la historia de la raza humana, Dios se involucra en su relación con la humanidad de tal manera que fue posible para Él soportar, en la persona de Su Hijo, todo el peso por el pecado y la caída de una raza; y así rescatar, comprar, adquirir un pueblo para Sí mismo. La Iglesia Cristiana no es un grupo de personas que admiran el ideal de Jesús o que aceptan la belleza de la ética de Su enseñanza; intentando obedecerla. La Iglesia Cristiana es la sociedad de aquellos quienes han sido comprados por Dios, adquiridos por Su propia sangre. El misterio y la maravilla y el poder de Dios siendo en Cristo, y así, reconciliándonos con Él mismo, es la verdad fundamental concerniente a la Iglesia Cristiana” (Traducido de Acts, p.471-472).

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