Octavious Winslow escribe: “Ante este recipiente de gracia, detengámonos en adoración y admiración de Su grandeza y hermosura. Éste es el ‘gran misterio de la piedad.’ Los ángeles son llamados a adorarle: ‘Cuando Él introduce al Primogénito en el mundo dice: Adórenle todos los ángeles de Dios’ (Hebreos 1:6). Fue la idea más profunda de la sabiduría de Dios, la obra maestra de Su poder y digna del máximo homenaje. Ellos nunca antes habían visto tal revelación de la gloria de Dios. En las incontables glorias con las cuales Él ha enriquecido y adornado el universo, no hubo ninguna como esa. Toda maravilla deja de asombrar y toda belleza se desvanece en comparación con esta, la más grande e inigualable de todas. Como si entender la gran profundidad del infinito y colectar todos los tesoros escondidos de la sabiduría y el poder, de la gracia y la verdad, pareciese que Dios tuviese todos estos tesoros concentrados, ilustrados y desplegados en la persona de Su Hijo Encarnado, pues ‘Dios fue manifestado en carne’ (I Timoteo 3:16)” (Evening Thoughts, p. 617-618).

 Jonathan Edwards escribe: “El próximo asunto que examinaría referente a la encarnación de Cristo, es la grandeza de este evento. La encarnación de Cristo fue el hecho más grande y más maravilloso que alguna vez haya sucedido. La creación del mundo fue un gran acontecimiento, pero no tan tremendo como la encarnación de Cristo. Fue una gran obra de Dios hacer a la criatura, pero no tan extraordinaria como que el mismo Creador venga a ser una criatura. Hemos hablado de muchas cosas grandiosas que fueron realizadas entre la caída del hombre y la encarnación de Cristo: pero Dios hecho hombre fue la más grandiosa de todas. Luego nació la persona más espléndida que alguna vez fue o será” (Works, Vol. 1, p. 573).

 Thomas Boston escribe: “Él es Dios y hombre en una misma persona. En efecto, he aquí una maravillosa persona, a quien no podemos comprender; el verdadero Dios pero a la vez hombre; un hombre de verdad pero también Dios; una persona misteriosa e indescifrable por la mayoría que lo vio con sus ojos más percibido solo por el ojo iluminado. La unión de un alma a un cuerpo terrenal, formando una persona llamada hombre, fue una obra maravillosa, pero ¿qué es la unión de dos piezas de barro comparada a la unión del Alfarero con Su propia arcilla?… Aquí la eternidad y un ser de ayer se reúnen en una sola persona, un niño que es a su vez el Padre Eterno; aquí lo infinito y lo finito se encuentran en uno: Dios y Su propia criatura!” (Works, Vol. 10, p. 222-223).

 Thomas Watson escribe: “Seguramente los ángeles hubieran menospreciaron haber tomado nuestra naturaleza carnal; esto habría sido denigrante para ellos. ¿Cual rey estaría dispuesto a usar cilicio encima de sus ropas de oro? Sin embargo Cristo no menospreció nuestra carne. ¡Oh el amor de Cristo!” (A Body of Divinity, p. 195).

 John Owen escribe: “Este fuego se posó en un arbusto, en donde se quemaba pero el arbusto no se consumía… Esto ha sido así hablado, porque la esencia del fuego que estuvo por un tiempo en el arbusto fue un símbolo de Él mismo en quien ‘la plenitud de la Deidad vivió corporalmente’ – de aquel quien fue ‘hecho carne y habitó entre nosotros’ (Juan 1:14). El fuego eterno de la naturaleza divina habita en el arbusto de nuestra frágil naturaleza, mas no es consumida de este modo. Moisés observaba en esta visión un suceso asombroso y maravilloso. Y si lo fue en esta forma, ¿qué es verdaderamente, en sustancia y en la realidad? Por la orden que le fue dada a Moisés de ‘quitarse sus zapatos’ fuimos instruidos a desechar toda imaginación y afectos carnales; por puro acto de fe podemos contemplar esta gloria: la gloria del Unigénito del Padre… Fijemos en nuestras almas y mentes que esta gloria de Cristo en la divina constitución de Su persona es el mejor, el más noble, útil y beneficioso objeto el cual podemos involucrar en nuestros pensamientos y adherir a nuestros afectos. ¿Qué son todas las otras cosas en comparación con conocer a Cristo? A criterio del gran apóstol Pablo, esas cosas no son más que ‘pérdida y basura’ (Filipenses 3:8-10). Eso fueron para él y si no lo son para nosotros, entonces somos carnales.” (Works, Vol. 1, p. 311-312).

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