Imitando la Encarnación 

B.B. Warfield 

Traducido del Sermón de Filipenses 2:5-8

“Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” – LBLA

“Cristo nuestro Ejemplo.” Después: “Cristo nuestro Redentor,” no hay palabras que puedan mover más profundamente el corazón del cristiano que éstas. Todo cristiano gozosamente reconoce el ejemplo de Cristo, como, en las admirables palabras de un gran comentarista escocés, “un cuerpo de legislación viviente,” como, “ley encarnada y presentada en una perfecta humanidad.” En Él, en una palabra, encontramos el ideal moral históricamente percibido, y nos postramos ante éste como sublime y lo anhelamos con todos los deseos juntos de nuestras almas renovadas.  

Cuán amorosamente seguimos en pensamiento cada paso del Hijo de Hombre, sobre los bordes de los collados que encierran la copa (lago) color esmeralda de Nazaret, sobre las azules costas de Genesaret, sobre las montañas de Judea, y anhelamos caminar en espíritu a Su lado. Él vino a salvar a toda edad, dijo Irineo; por lo tanto Él vino como un infante, un niño, un joven, y un hombre. Y no hay edad que no encuentre su ejemplo en Él. Lo vemos a Él, el más apropiado hijo que ha sido alguna vez dado a los brazos de una madre, a través de todos los años de infancia en Nazaret “sujetándose a Sus padres.” Lo vemos a Él un joven, trabajando día a día contento en el oficio de Su padre, en esta esfera más baja, también, sin ningún otro pensamiento que estar “en los negocios de Su padre.” Lo vemos en Su santa madurez, yendo, “como era Su costumbre” Sabbat tras Sabbat, a la sinagoga, – Dios como Él era, no se consideraba superior a sus hermanos más débiles y así adorar con ellos. Después el horizonte se expande. Lo vemos a las orillas del Jordán, porque Él era el adecuado para cumplir toda justicia, recibiendo el bautismo de arrepentimiento humildemente por nosotros. Lo vemos en el desierto, rechazando calmadamente las sutiles pruebas del malvado: negándose a suplir Sus necesidades por el uso incorrecto de Sus poderes divinos, repeliendo la confusión de tentar a Dios con confiar en Dios, declinando buscar los fines de Su Padre por cualquier otro medio que por los medios de Su Padre. Lo vemos a Él entre los miles de galileos, ungido de Dios con el Espíritu Santo y poder, haciendo el bien: sin ningún orgullo de nacimiento, aunque Él era rey; sin ningún orgullo de intelecto, aunque la omnisciencia habitaba en Él; sin ningún orgullo de poder, aunque todo poder en el cielo y la tierra estaba en Sus manos; o de posición, aunque la plenitud de la Deidad habita en Él corporalmente; o de superior bondad o santidad: sino en humildad estimando a cada uno mejor que a Sí mismo, sanando al enfermo, echando fuera demonios, alimentando al hambriento, y en todo lugar partiendo el pan de vida para todos los hombres. Lo vemos en todos lados ofreciendo a los hombres Su vida para la salvación de sus almas: y cuando, al final, las fuerzas de maldad se amontonaron a Su alrededor, caminando, como sin exhibirse y sin consternación, la senda del sufrimiento dispuesta para Él, y dando Su vida en el Calvary que a través de Su muerte el mundo pueda vivir. “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” Una pregunta muy simple. ¿Quién puede encontrar una simple falta en toda Su vida, una simple falla para que no sea nuestro ejemplo perfecto? ¿En qué dificultad de la vida, en qué prueba, en qué peligro o incertidumbre, no encontramos el ejemplo que necesitamos cuando volvemos nuestros ojos a Él? Y si fuera que, por la gracia de Dios, solo estamos aptos para andar con Él un solo paso en el camino, cuánto ardieran nuestros corazones dentro nuestro, anhelando estar siempre con Él, ser fortalecidos por el poder de Dios en nuestro interior, para hacer de cada pisada que Él ha dejado en el mundo un escalón de piedra para subir sobre Su camino divino. ¿No decimos correctamente que después de nuestro anhelo de estar en Cristo es nuestro correspondiente anhelo de ser como Cristo; que en nuestros corazones sólo en segundo lugar a Su gran acto de obediencia hasta la muerte por el cual Él vino a ser nuestro Salvador, está Su vida santa en nuestro mundo de pecado, por la cual Él vino a ser nuestro ejemplo?

Por supuesto nuestro texto no es el único en llamarnos para hacer de Cristo nuestro ejemplo. “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo,” más aún es el peso total del lado ético de la enseñanza de Pablo. Y en esto, también, él solo fue imitador de su Señor, el cual ruega con nosotros para “aprender de Él porque Él es manso y humilde de corazón.” La peculiaridad de nuestro presente pasaje es solo que nos trae de regreso al comienzo de la vida de Cristo y nos reta a imitarlo a Él en el gran acto de Su encarnación misma. No, claro está, como si la implicación fuera que nosotros seamos igual a Cristo y necesitáramos estar a la altura del servicio que Él hizo. “¿Por qué estás orgulloso, Oh hombre? Agustín pregunta intencionalmente. “Dios se hizo de condición baja por ti. Quizá te daría vergüenza imitar a un hombre de condición baja; imita al menos al Dios de condición baja. Vino el Hijo de Dios en un hombre y se hizo de condición baja… Él, Dios, se hizo hombre; tú, hombre, conoce que eres hombre. Toda tu humildad es que te conozcas.” La fuerza misma del llamado cae, en una palabra, en la infinita exaltación de Cristo sobre nosotros: y la mención de la encarnación es el recordatorio que el apóstol nos hace de la inefable majestad la cual era Suya por naturaleza a quien el apóstol nos haría levantar la mirada en admiración. Pablo eleva nuestros corazones con la gran catapulta de nuestro Ejemplar. Él nos llama a ser nada menos que imitadores de Dios. “¿Qué aliento es más grande que este?” declara Crisóstomo, con su instintiva percepción del eje motivacional del corazón humano. “Nada despierta una gran alma a la realización de buenas obras tanto como aprender que en esto se está asemejando a Dios.” Y aquí, también, Pablo no es otra cosa que el seguidor de su Señor: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.” son palabras que salieron de Sus labios divinos, todo junto similar en su implicancia a las palabras de Pablo en el texto: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.” Es el Espíritu el cual animaba a nuestro Señor en el acto de Su encarnación el cual Su apóstol nos vería imitar. Él quiere que seamos como Cristo en todos nuestro hechos, así como Él mostró ser en lo más profundo de Su ser, cuando Él se hizo pobre, Él que era rico, para que por Su pobreza fuésemos ricos.

Percibimos, entonces, que la exhortación del apóstol reúne fuerzas por sí misma de la deidad de Cristo, y de la naturaleza de la transacción por la cual Él, siendo Dios, fue traído a estas esferas de dependencia, la vida terrenal la cual nosotros vivimos por naturaleza. Todo es natural, por ende, él agudiza su clamor al recordar a sus lectores de manera más o menos completa quién fue Cristo y qué hizo para nuestra salvación, para qué, teniendo los hechos más vívidamente antes sus mentes, ellos puedan sentir de una manera más aguda el espíritu por el cual Él era animado. Así, en una manera perfectamente natural, Pablo es guiado, no a informar a sus lectores sino a recordarles, en unas pocas y vividas frases las cuales no interrumpen las líneas principales del discurso sino que las remarca con un color más profundo, de lo que podemos llamar la completa doctrina de la persona de Cristo. Con tal mano maestra, o mejor digamos, con tal ardiente espíritu y tal amorosa claridad y tacto firme, ha hecho esto, que estas breves y puras palabras constituyen una de las más completas declaraciones de una doctrina esencial encontrada en el brújula completa de las Escrituras, Aunque comprimido en los límites de tres cortos versículos, se sobrepone en completa exposición con el ya maravilloso y conciso contorno de la misma doctrina dada en los versos iniciales del Evangelio de Juan. Cuando sea que las sutilezas de la herejía confundan nuestra mente mientras enfrentamos los problemas que han sido levantados acerca de la Persona de nuestro Señor, es preeminente a estos versos que escapemos para tener nuestra comprensión purificada, y nuestro pensamiento corregido. Las agudas frases cortan todo error, o como mejor podríamos decir, son como el vuelo de rápidas flechas, cada una con sus plumas bien ajustadas a su arnés.

El predicador de “boca de oro” (Crisóstomo) de la antigua iglesia, impresionado con esta plena enseñanza e inspirándose a uno de sus más elevados vuelos debido a la fuerza del claro lenguaje del apóstol, pinta el pasaje mismo como una arena, y la Verdad, como corriendo a través de la cláusula, como la carroza victoriosa abalanzándose y derribando a sus contrincantes uno tras otro, hasta que por fin, en medio del clamor de aplausos los cuales se levantan de todos los lados hacia el cielo, se lanza solo hacia la meta, con alados corceles con gozo corriendo como un rayo por el suelo. Uno por uno él señala las herejías concernientes a la Persona de Cristo la cual había surgido en la Iglesia antigua, así cláusula por cláusula el texto las hiere y destruye; y no está contento hasta que por medio de estas palabras las rodillas de todas las medias verdades y completas mentiras, con respecto a este gran asunto, se doblen ante la deidad perfecta de nuestro Salvador, Su completa humanidad y la unidad de Su Persona. La magia del pasaje no ha perdido su virtud con el milenio y medio que ha pasado muy rápido desde que Juan Crisóstomo impactó Constantinopla con sus palabras de oro; esta espada del Espíritu es tan filuda hoy como lo era antes, y feliz es el hombre que conoce su templanza y tiene el brazo para blandirla. Pero no debemos perdernos en un interés puramente teológico con este pasaje como el que tenemos en frente nuestro. Por el contrario mantengamos nuestros ojos, por esta hora, en el principal propósito de Pablo, y busquemos sentir la fuerza del ejemplo de Cristo así como él lo promociona para el gobierno de nuestras vidas. Pero para hacer esto, así como él lo apunta con plena referencia a la Persona de Cristo, siguiéndolo debemos comenzar por esforzarnos en reconocer quién y qué fue nuestro Señor, que nos puso este ejemplo.

«Materia y Forma»

Observemos entonces, en primer lugar, que el actor al cual Pablo dirige nuestros ojos, Pablo declara, fue nada menos que Dios mismo. “Que era antes en la forma de Dios”, eran sus palabras: y éstas son palabras que no hubieran podido ser reemplazadas por otras que sean más explícitas o que más directamente afirmen la deidad de la persona quien es aquí designada con el nombre de Cristo Jesús. Después de dos mil años del uso de las frases, no sería de sorprender si falláramos en sentir esto tan fuerte como deberíamos. Recordemos que la fraseología que aquí Pablo emplea era de uso popular en sus días, aunque primero lo hizo popular la filosofía aristotélica; y esto fue en consecuencia, el lenguaje más natural para afirmar enfáticamente la deidad de Cristo, lo cual podría sugerir a Pablo esto mismo. Como saben, este modo de hablar resuelve todo concerniente a su materia y su forma, concerniente al material básico del cuál es hecho, y ese conjunto de cualidades características que constituyen lo que es. “Forma”, en una palabra, es equivalente  a nuestra frase “carácter específico”. Si podemos ilustrar cosas grandes con pequeñas, podríamos decir, en esta manera de hablar, que la “materia” de una espada, por ejemplo, es acero, mientras que su “forma” es el conjunto completo de cualidades características las cuales distinguen a una espada de otras piezas de acero, lo cual, por lo tanto, hace a esta pieza particular de acero distintivamente una espada. En este caso, estas son, por supuesto, en gran parte materia de forma y contorno. Pero ahora el acero mismo, el cual constituye la materia de la espada, tiene también su “materia” y su “forma”: siendo su “materia” el metal, y siendo su “forma” todo el conjunto de cualidades que distinguen el acero de otros metales, y hacen de este metal acero. Yendo aún más allá, el metal mismo tiene su “materia” y “forma”;  siendo su “materia” la substancia material y siendo su “forma” todo el conjunto de cualidades que distinguen lo metálico de toda otra clase de substancia. Y finalmente, la materia misma tiene su “materia”, es decir, substancia, y su “forma”, es decir, las cualidades que distinguen la materia de la substancia espiritual, y hacen de esta substancia lo que llamamos materia. El mismo modo de hablar es, claro está, igualmente aplicable a la esfera espiritual. La “materia” del espíritu humano es simple substancia espiritual, mientras que su “forma” es el conjunto de cualidades de este espíritu que constituyen un espíritu humano, y en la ausencia de éstas, o el cambio de éstas, este espíritu dejaría de ser humano y vendría a ser algún tipo de espíritu. La “materia” de un ángel, de nuevo, es simple substancia espiritual, mientras que la “forma” es el conjunto de cualidades que hacen este espíritu específicamente un ángel. Así también con Dios: la “materia” de Dios es la pura substancia espiritual, y la “forma” es el conjunto de cualidades que distinguen a Él de otros seres espirituales, las cuales lo constituyen a Él como Dios, y sin las cuales Él no sería Dios. Lo que Pablo afirma entonces, cuando dice que Cristo existió en la “forma de Dios”, es que Él tenía todas las cualidades características que lo hacían a Él Dios, la presencia de las cuales constituye Dios, y en la ausencia de éstas, Dios no existe. Él quien es “en la forma de Dios”, es Dios. No es algo sin importancia que, de todas las posibles maneras de expresión disponibles para él, Pablo haya escogido esta manera de afirmar la deidad de nuestro Señor. Su mente en este pasaje no estaba en la simple esencia divina; estaba sobre las cualidades y prerrogativas divinas de Cristo. No es la concepción abstracta de que Cristo es Dios lo que nos mueve a nuestra más profunda admiración por Su sublime acto de auto sacrificio; sino nuestra realización concreta de que Él fue todo lo que es Dios, y  tuvo todo lo que Dios tuvo, « esa omnipotencia de Dios era Suya, Su infinita exaltación, Su dicha inalcanzable. Por lo tanto Pablo es instintivamente llevado a escoger un expresión que nos diga, no simples verdades de que Cristo era Dios, sino que Él era en la “forma de Dios”», que Él tenía completa posesión de todas esas cualidades características las cuales, tomadas juntas, hacen de Dios ese todo santo, perfecto, todo bendito ser que llamamos Dios. Así el apóstol prepara a sus lectores para el gran ejemplo acelerando su compresión no solo de quién, sino de qué era Cristo.

Continua en Segunda Parte.

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