“Cristo aceptó el oficio de Redentor y se comprometió a hacer que Su alma fuera una ofrenda por el pecado. Él, con gozo, asumió esta obra en aquella transacción eterna que hubo entre el Padre y Él. Él estaba feliz de tomar el lugar del elegido, y someterse a los terribles golpes de la justicia vengadora. El Salmista describe a Cristo como alguien que está ofrendándose a Sí mismo como fianza (garantía) en lugar de los hombres: “Sacrificio y ofrenda no te agrada…” “…Entonces dije: He aquí, vengo…” (Salmo 40:6-7). Él voluntariamente aceptó todas las condiciones que eran requeridas para lograr nuestra redención. Él estaba feliz de tomar un cuerpo para de esta forma ser capaz de sufrir. La deuda no podía ser pagada, ni tampoco cumplir los artículos del pacto, sino era en la naturaleza humana. Por tanto, Él debía tener una naturaleza capaz y preparada para sufrimientos. Por esto es que se dice, “Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo” (Hebreos 10:5). Le correspondía a Él tener un cuerpo capaz de sufrir aquello que estaba representando éstos sacrificios legales con los cuales Dios no se complacía. Entonces Él tomó este cuerpo de carne, rodeado de todas las dolencias de nuestra naturaleza caída, con la excepción solamente del pecado. Él tuvo la condescendencia de echar a un lado las túnicas de Su gloria, para convertirse en alguien sin reputación, para tomar forma de siervo, y hacerse similar a los hombres” (Traducido de Works, Vol.1, p.310).

“El Padre dispuso y diseñó que Su propio Hijo, el Verbo eterno, debía, con el propósito de hacer misericordia a la perdida raza humana, tomar la naturaleza de ellos, y convertirse en hombre. Él vio que los sacrificios y ofrendas no solucionarían el caso; la deuda era más grande que lo que sería el pago a ese costo; la redención de las almas solamente podía lograrse por medio de una persona de infinita dignidad: por esta razón, habiendo dispuesto que el amado atributo de misericordia debía ilustrarse en el caso de la humanidad perdida, Él quiso que la raza humana estuviera unida en el tiempo a la naturaleza divina, en la persona de Su Hijo. He aquí entonces que, el Hijo, como Verbo eterno, la segunda persona de la gloriosa Trinidad, sin tener otra relación cercana con el hombre que Su condición de Señor y soberano Creador, inmediatamente estuvo de acuerdo: “‘Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo… Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:5). El Verbo eterno accedió a ser hecho carne, para que toda carne no pereciera: Él accedió a convertirse en hombre, llevar en Él mismo una unión personal con la naturaleza humana, a saber, un cuerpo verdadero y un alma razonable, de acuerdo con el designio eterno de Su Padre. Esto fue un ejemplo de asombrosa condescendencia. El `más alto monarca del planeta consentir en dejar a un lado sus túnicas de majestad para vestirse con harapos y convertirse en mendigo, aun así no se compararía con lo que sucedió aquí. Tampoco el consentimiento del más alto ángel en convertirse en gusano, no es comparable con el hecho de que el eterno Hijo de Dios, igual al Padre, accediera a convertirse en hombre: pues la distancia entre la naturaleza divina y la humana es infinita; mientras la distancia entre la naturaleza angelical y la naturaleza de los gusanos de la tierra es finita” (Obras, Vol.8, p. 409)

Publicar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

7 + 3 =