«En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.» 1 Juan 4:10

 

Juan, con amor en su corazón, se eleva a las alturas y usando su ojo de águila, ve sobre toda la historia y todo el espacio, finalmente se balancea sobre sí mismo en un punto, porque ha encontrado lo que él buscaba, y dice “Aquí está su amor”. Hay amor en mil lugares, como las gotas dispersas del rocío en las hojas del bosque; pero en cuanto al océano, es decir cuando el agua está en un solo lugar, y llegamos ahí, decimos: “Aquí está el agua”. Hay amor en muchos lugares, como errantes haces de luz, pero en cuanto al sol, que está en una parte del cielo, lo miramos y decimos “Aquí está la luz”. Así que “Aquí está” dijo el apóstol, mientras miraba hacia el mismísimo Señor Jehová. Él no señaló a su propio corazón y dijo “Aquí está el Amor”, ya que esa no era más que una pequeña piscina llenada del gran mar de amor, él no miró a la Iglesia de Dios y dijo a todas las infinitas vidas que no se pueden contar, “Aquí está el amor”, porque su amor es solamente el reflejo luminoso del gran sol de amor, Pero él miró al Dios Padre, en el esplendor de su misericordia cuando dio a su único Hijo para morir por nosotros, dijo “Aquí está el amor”, como si todo el amor estuviera aquí, el amor en su máxima expresión, el amor en su su clímax, el amor sobreabundando en sí mismo,»En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.»  (Tomado de El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano, Vol.41, p.1).

Cuando Dios ama a quienes le aman, parece estar de acuerdo con la ley de la naturaleza; pero cuando Él ama a quienes no lo aman, esto debe estar por encima incluso de todas las leyes – esto está de acuerdo, ciertamente, al extraordinario principio de la gracia, y solo la gracia. No había un solo hombre en la tierra que amara a Dios. No había quien hiciera el bien – ni aun uno; y sin embargo, el Señor fija el ojo de su elecionario amor sobre los pecadores en los cuales no había ningún pensamiento de amarlo a Él. No hay más amor a Dios  en un corazón no renovado que vida dentro de una pieza de granito. No hay más amor a Dios en una alma  que no es salva que fuego en las profundidades de las olas del océano; y aquí en verdad está la maravilla, que cuando no teníamos amor por Dios, Él nos haya amado. Ésta es una forma delicada de decir que, en vez de amar a Dios, mis hermanos, ustedes y yo, le negamos el más pobre tributo de homenaje. Hemos sido descuidados, indiferentes. Días y semanas pasaron sobre nuestras cabezas en donde difícilmente hemos pensado en Dios. Si no hubiera habido ningún Dios, no habría hecho mucha diferencia en nosotros así como en nuestros pensamientos, y hábitos, y conversaciones. Dios no estuvo en todos nuestros pensamientos; y, quizás, si alguien hubiera nos hubiera informado de que Dios estaba muerto, debiéramos haber pensado que sería una excelente noticia, porque entonces podríamos vivir como nos plazca, y no necesitaríamos estar bajo ningún temor a ser juzgados por Él. En vez de amar a Dios, aunque ahora nos regocijamos en que Él nos ama, nosotros nos rebelamos contra Él. ¿Cuáles de sus leyes no hemos roto? No podemos poner el dedo sobre un mandamiento sin estar obligados a reconocer que hemos violado sus preceptos, o quedado cortos antes sus demandas.» (Tomado de El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano, vol.42, p.27-28)

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