“Finalmente, Él tenía la promesa de una recompensa gloriosa para serle conferida, como mérito propio de Su obra, y había un gozo puesto delante de Él por medio de la promesa y por el cual soportó la cruz despreciando toda vergüenza (Hebreos 12:2). Nunca se había forjado tal obra, ni nunca se había prometido tal recompensa. Y a Él le corresponde una promesa quíntuple.

1. La promesa de un nuevo tipo de interés en Dios, como Su Dios y Padre, ‘Él me clamará: mi Padre eres tú, mi Dios’ (Salmo 89:26). Nuestro Señor Jesucristo tuvo a Dios como Su Padre, por derecho eterno de nacimiento: pero había una nueva relación constituida entre Dios y Cristo como segundo Adán, y cabeza del pacto, fundado sobre Su misión y el cumplimiento de la condición de dicho pacto… Por medio de Su obediencia hasta la muerte, Él compró el gozo de Dios como Dios y como Padre. No digo que Él lo comprara para Sí mismo, pues Cristo el hombre no necesitaba hacerlo en virtud de la unión personal de dos naturalezas, pues ya lo tenía: sino que lo compró para los pecadores, quienes habían perdido todo interés salvífico en Dios, pero a la vez no podían ser felices sin él.
2. La promesa de una exaltación gloriosa, siendo el siervo de honor del Padre, primer ministro del Cielo y gran administrador del pacto: ‘He aquí que mi siervo será prosperado, será engrandecido y exaltado, y será puesto muy alto’ (Isaías 52:13). ‘Y te daré por pacto al pueblo’ (Isaías 49:8). En cumplimiento de la condición del pacto, Él tomó forma de esclavo y se humilló a Sí mismo hasta la muerte y muerte de cruz: por lo cual Dios también, de acuerdo a la promesa del pacto, lo exaltó a lo más alto haciéndolo primer ministro del cielo, y le dio un nombre como gran administrador de la alianza, el cual es nombre sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla (Filipenses 2:7-10).

3. La promesa de una simiente y una descendencia, tan numerosa como las estrellas del cielo: ‘Él verá su linaje’ (Isaías 53:10). ‘Así será tu descendencia.’ (Génesis 15:5); a saber, ‘como las estrellas del cielo en multitud’ (Hebreos 11:12), incluso toda la multitud de sus elegidos, cada uno de ellos, vive por su muerte y lleva consigo Su imagen, como un niño la de su padre. Él consintió en sufrir los dolores de la muerte, pero fueron dolores de parto con el fin de dar a luz a muchos. Él fue como el grano de trigo que cae en la tierra y muere; pero la promesa le aseguró, que en tal condición, Su cosecha trajera mucho fruto (Juan 12:24).
4. La promesa de heredar todas las cosas, como primer heredero: ‘Yo también le pondré por primogénito’ (Salmo 89:27). Por eso el apóstol dice que Dios lo ha constituido heredero de todo (Hebreos 1:2). Y Cristo mismo declara, consecuentemente, que toda posesión le es dada: ‘Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre’ (Mateo 11:27). Por lo tanto, Él tiene, por medio de la promesa, tesoros acordes para el soporte de la majestad que le ha sido conferida. Y muchos más allá de estos.
5. Finalmente, la promesa de la victoria y el dominio sobre todos Sus enemigos y los enemigos de Su pueblo: ‘Quebrantaré delante de Él a sus enemigos’ (Salmo 89:23). Él fue al encuentro de Satán, del pecado y de la muerte, por la disputa de los herederos diseñados para estar en la gloria, y tan pronto tomó parte contra los primeros, el mundo cruel de los hombres comenzó a pelear contra Él también: pero Él tenía la promesa de Su Padre de obtener la victoria y el dominio sobre todos ellos, y aunque Él primero debió caer y morir en batalla, debido a esto Su muerte finalmente destruiría el dominio de Satanás, el poder del pecado y las bandas de la muerte sobre Su pueblo; de modo que quienes se debían a esa causa tambaleante cayeran también debajo de Él, como está escrito, ‘El Señor dijo a mi Señor: siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de sus pies’” (Salmo 110:1).

Thomas Boston (traducido de Works, Vol.8, p.470-471)

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