Thomas Watson escribe, “¿Por quiénes vino Cristo? ¿Vino por sus amigos? No, vino por el pecador. Vino por el hombre que había desfigurado Su imagen y abusado de Su amor, por el hombre que se había vuelto rebelde, y vino al hombre -incluso- resolviendo conquistar la obstinación con bondad. Entonces, si Él vino por cualquiera, ¿por qué no por los ángeles caídos? ‘Porque ciertamente no socorrió a los ángeles’ (Hebreos 2:16). Los ángeles son criaturas de más noble origen, más inteligentes y más aptas para servir; sí, pero he aquí el amor de Cristo hizo que Él viniera no por los ángeles caídos sino por la humanidad. Dentro de las variadas maravillas del imán, no es la menos valorada el hecho de que no atraerá oro ni perlas, sino que despreciándolos, atraerá al hierro hacia sí mismo, uno de los metales más inferiores que existen: de igual manera Cristo deja a los ángeles, esos nobles espíritus, como el oro y las perlas, y viene al pobre pecador y lo trae hacia su Regazo.” (Un Cuerpo de Divinidad, p.195-196)

John Owen escribe, “Pero Cristo el Señor puso su amor sobre nosotros, aquel amor por el cual Él murió cuando aún éramos pecadores e impíos; es decir, todo cuanto podía hacernos inmerecedores e indignos de socorro. Sin embargo, siendo tan deformados como el pecado podía deformarnos y estando más profundamente endeudados de lo que la creación entera pudiera pagar o saldar, aun así Él puso Su amor sobre nosotros, para liberarnos de esa condición y hacernos conocer la más íntima comunión consigo mismo. No hubo nunca un amor que tuviera tales efectos, el cual le costara tan caro a quien lo entregó, y que resultara tan ventajoso a aquellos sobre quienes fue puesto. Y en la búsqueda de esto, sometió todo lo malo bajo su propia persona, a fin de que recibiésemos todo lo bueno con el favor de Dios y eterna bienaventuranza.

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