“Haced discípulos de todas las naciones.” 

—Mateo 28:19

La declaración arriba mencionada es el “gran” mandamiento de la Gran Comisión. De hecho, es el “único” mandamiento en Mateo 28:18-20. Las palabras, “Id,” “enseñándoles,” y “bautizándolos” son participios que explican cómo debe ser cumplido el mandamiento. ¡La meta de la misión no es ir, enseñar, o incluso bautizar, sino el hacer discípulos! Por lo tanto, sin importar nuestro celo o sacrificio, nuestra obra en el campo misionero probará ser un poco más que heno, paja y hojarasca[1] si no nos estamos esforzando para cumplir la tarea por la cual fuimos enviados — haciendo seguidores de Cristo.

La frase «haced discípulos” es traducida del verbo griego mathēteúō, el cual deriva del verbo manthánō, aprender. La forma sustantiva mathētēs (i.e discípulo) denota a un aprendiz o pupilo. En consecuencia, un discípulo es alguien que siempre está aprendiendo por medio de instrucción e imitación para ser como su maestro o amo. Un discípulo de Cristo es alguien quien, habiendo entrado a una relación salvífica con Él por medio de la fe, ahora está activamente buscando ser como Él por medio del estudio y la asimilación de Sus enseñanzas y la imitación de Su persona. Esta definición encaja bien con las palabras de Cristo:

“Un discípulo no está por encima del maestro, ni un siervo por encima de su señor. Le basta al discípulo llegar a ser como su maestro, y al siervo como su señor.” [2]

El amo del cristiano no es simplemente un hombre que ha caminado una camino más largo que sus discípulos, sino Él es el Dios encarnado: la manifestación corporal de la verdad, sabiduría y justicia.

La gran meta de los discípulos es ser como su maestro. En muchas, sino todas las demás religiones y disciplinas fuera del cristianismo, el discípulo eventualmente obtiene el mismo nivel que el de su maestro e incluso puede reemplazarlo. Sin embargo, en la fe cristianos, no importa cuán avanzado pueda venir a ser el discípulo, el siempre será discípulo. El amo del cristiano no es simplemente un hombre que caminó más el camino que sus discípulos, sino que Él es Dios encarnado: la corporalidad de toda verdad, sabiduría y justicia. Él es separado y distinto de Sus discípulos, y de la creación misma. La diferencia no es meramente cuantitativa, sino cualitativa. ¡Él está en una categoría en Si mismo! Es por esta razón que los discípulos cristianos son siempre referidos como discípulos y nunca como amos o maestros. Jesús dijo:

“Pero vosotros no dejéis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni dejéis que os llamen preceptores; porque uno es vuestro Preceptor, Cristo.”[3]

El misionero hará bien en recordar esta verdad. Como la santificación, el discipulado en un proceso que nunca termina, en el cual todos estamos siempre aprendiendo, siempre buscando asimilar más verdad, y siempre esforzándonos en imitar a nuestro Amo. Nuestro entrenamiento no está completo cuando nos graduamos de la universidad o seminario. Viena a su fin con la venida de nuestro Señor en gloria y la transformación del «cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aun para sujetar todas las cosas a Sí mismo.”[4]

1  I Corintios 3:12

Mateo 10:24-25

Mateo 23:8-10

Filipenses 3:21

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