Edward Payson escribe: «El último título que aquí se da a este misterioso niño, es el Príncipe de la Paz; las Escrituras en todas partes nos informan que nuestro Salvador es un príncipe o rey. ¿Por qué es llamado el Príncipe de la Paz? Es fácil de responder Él es el autor de la reconciliación, y en consecuencia, de la paz, entre un Dios ofendido, y el hombre ofensor. Su reino, así como lo estableció en el corazón, consiste en justicia, y paz, y gozo santo. Su sangre propiciatoria habla paz a la aterrada conciencia culpable. Él administra paz a Su pueblo de una manera soberana; Sus mandamientos ordenan perfecta paz y el amor entre hombre y hombre, y Su religión restaura la paz y da descanso a la agitada y tumultuosa alma distraída, al unir sus discordantes poderes y facultades para temer Su nombre. Bueno, por lo tanto, que Él sea llamado el Príncipe de Paz. «(Obras, Vol.3, p.67)

Thomas Boston escribe: «Él es el Príncipe pacífico:

  1. Con respecto a la disposición: Él es un príncipe de la disposición más pacífica: «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí; que soy manso y humilde de corazón «(Mateo 11:29). La paz está entrelazada en Su naturaleza. Aunque Él es el Poderoso, que tiene tal poder, que podría destruir al pecador con solo fruncir el ceño; sin embargo, Su gran poder es templado con la mayor mansedumbre y paz. El príncipe de este mundo es el león que ruge; el Príncipe del cielo, el Cordero (Juan 1:29), incluso en Su trono (Apocalipsis 5: 6).
  2. Con respecto a la acción y operación: La Paz es obra Suya que persiguió desde el principio, y lo sigue haciendo: «Porque él es nuestra paz» (Ef 2,14). Él es el gran pacificador. El pecado de Adán y el pecado de su posteridad estableció a todos en una sangrienta guerra y los mantuvo así, pero Cristo, el segundo Adán, viaja por la paz. «Bienaventurados los pacificadores, y Él es bienaventurado por siempre en Su obra pacificadora. (Filipenses 2: 8-9)
  3. En relación con el estado de Su reino: ‘El reino de Dios es paz’ (Romanos 14:17). Paz en el idioma del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento es la prosperidad; por lo que un príncipe pacífico es uno próspero. Así Salomón era un tipo de Él, quien tuvo un reino de la mayor paz y prosperidad. Sus súbditos pueden gozar de paz, quienquiera que lo desee. – Salmo 72: 7. «(Obras completas, tomo 10, p.259)

Una vez más, Thomas Boston escribe: «Qué tipo de paz es efectuada por este príncipe de paz:

  1. Paz con Dios: «El castigo de nuestra paz fue sobre Él» (Isaías 53: 5). Los pecadores estaban en guerra con Dios, y Dios con ellos; y no pudo haber paz entre las partes, hasta que el Príncipe de paz vino a ser Mediador de la paz. La guerra continuó, los pecadores haciendo todo lo possible en contra de Dios, y Dios en un estado de guerra con el pecador, bloqueando todo comercio de salvación con el cielo. Pero Él interviene, impone las manos sobre ambos, y conforma la paz.
  2. Paz entre los hombres: la paz de los hombres con Dios había sido perdida, la paz entre ellos mismos también estaba rota. Véase el caso de la naturaleza de la humanidad en este punto: «Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, aborreciendo los unos a los otros» (Tito 3: 3). Pero Cristo los une de nuevo en Él, para amarse y darse el uno a otro (Isaías 11: 6). Y dondequiera que Él hace la paz con Dios por un hombre, Él implanta amor hacia los demás hombres en el corazón de ese hombre. En particular, hizo la paz entre los judíos y gentiles (Efesios 2:14).
  3. La paz dentro de los hombres, la paz de conciencia: «El reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Romanos 14:17). El pecado en sí mismo corrompe la paz que uno tiene dentro se su mismo ser. La culpa es como una espina en la carne, que hasta que se retire no deja de amargar; su reino es como el de un tirano en la casa, que esclaviza, y mantiene en discordia a todos dentro de ella. Cristo, el Príncipe de la paz, por medio de su sangre y el Espíritu, solo Él puede restaurar la verdadera paz interior. «(Obras, Vol. 10, p.261)

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