Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza; grande tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación, y precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios? Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Dame, Señor, a conocer y entender qué es primero, si invocarte o alabarte, o si es antes conocerte que invocarte. Mas ¿quién habrá que te invoque si antes no te conoce? Porque, no conociéndote, fácilmente podrá invocar una cosa por otra. ¿Acaso, más bien, no habrás de ser invocado para ser conocido? Pero ¿y cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán si no se les predica?

Ciertamente, alabarán al Señor los que le buscan, porque los que le buscan le hallan y los que le hallan le alabarán.

Que yo, Señor, te busque invocándote y te invoque creyendo en ti, pues me has sido predicado. Te invoca, Señor, mi fe, la fe que tú me diste e inspiraste por la humanidad de tu Hijo y el ministerio de tu mensajero.

Confesiones, Libro Primero, Cap I

Nota de advertencia: Si bien es cierto, afirmamos muchas de las verdades producidas por la patrística (los padres de la iglesia, del año 100-400 aprox.), e incluso muchas de ellas son sólidas doctrinas que sostenemos el día de hoy; creemos que ellos no estuvieron libres de errores, pues solo la Biblia es la palabra infalible de Dios. Nuestro deseo al compartir estos extractos de la patrística, es el de demostrar que las grandes doctrinas de la fe cristiana que creemos el día de hoy han estado desde el comienzo del cristianismo, es decir, no son una invención moderna.

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