“Los fines de la encarnación de nuestro Señor,

tanto inmediatos como últimos, son aquí traídos ante la mente. La primera está claramente implícita; la segunda se anuncia expresamente. El fin inmediato de la encarnación de nuestro Señor fue para poder tener la capacidad de sufrir y morir sin la cual Él no hubiera podido ser el consumado Salvador de los hombres. El fin último de la encarnación de nuestro Señor fue que, al sufrir y morir así, Él pueda ser perfeccionado, plenamente consumado como Salvador, para que Él pueda liberar al hombre al derrotar a su gran enemigo. El Hijo de Dios, previamente a Su encarnación, tenía poder suficiente, y sabiduría suficiente, y benignidad suficiente, para efectuar la salvación de los hombres. Pero desde la misma perfección de Su naturaleza divina, Él no podía sufrir y morir. Como persona divina, Él es “el Rey eterno e inmortal”. Si nunca hubiera sido otra cosa sino el gran Dios, no podría haber sido nuestro Salvador. Si nunca hubiera sido otra cosa sino Dios, sin duda habría podido aniquilar o castigar de diez mil maneras “al que tenía el imperio de la muerte,(Satanás)” pero no podría haberlo “destruido” muriendo; Y esta era la única manera en que su destrucción podría haber sido nuestra salvación. El Salvador del hombre debe expiar la culpa del hombre; Y esto sólo podía hacerse mediante el sufrimiento y la muerte.

<<Él debe ser colocado en circunstancias en las cuales Él puede obedecer y sufrir.>>

El Salvador del hombre debe ser un sumo sacerdote – Él debe ofrecer un sacrificio propiciatorio; y cuando el Hijo unigénito asume ese carácter, Él debe tener algo qué ofrecer, Él debe ser colocado en circunstancias en las cuales Él puede obedecer y sufrir. Para la ejecución de la voluntad de Su Padre que Él debía llevar a cabo “habiendo de llevar muchos hijos a la gloria”, el sufrimiento y la muerte son necesarios; y por lo tanto tomó alegremente el cuerpo que había sido ‘preparado’ para Él, de manera que en éste (infinitamente dignificado por su unión con la naturaleza divina) podría tener un sacrificio adecuado y disponible para poner sobre el altar de la justicia divina, como La expiación de los pecados de Su pueblo. ¡Cuántas maravillas, maravillas de la sabiduría divina y de la gracia divina, se amontonan sobre nosotros mientras contemplamos la economía de la salvación a través de los sufrimientos y la muerte del unigénito de Dios!

Traducido de Geneva Series, Hebrews, pags.123-124

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