“Si el amigo de un criminal viniese al momento de su ahorcamiento, colocase un delicado ramo de flores en sus manos, y le dijese, “Ten ánimo, huele esto” ¡Ay! Esto traería un pequeño gozo al corazón de ese pobre hombre, quien ve el lugar de ejecución ante él. Pero si alguien viene de parte del príncipe con un perdón, el cual pone en su mano, y  le pide que tenga buen ánimo, esto, y solo esto, alcanzaría el corazón del pobre hombre, y le invadiría con súbito arrebato de gozo. Verdaderamente, cualquier cosa menos que la misericordia perdonadora es tan insignificante para una conciencia atormentada que va tras algún alivio o apaciguamiento  de la misma, como lo sería aquel bouquet de flores en las manos de un prisionero moribundo. La conciencia demanda tanto para satisfacerse como Dios mismo demanda para Sí, por el mal que la criatura le ha hecho a Él. Nada puede hacer que la conciencia deje de acusar, sino aquello que hace que Dios deje de amenazar. La conciencia es el sargento de Dios que Él emplea para arrestar al pecador. Ahora el sargento no tiene el poder para poner en libertad al prisionero sobre cualquier arreglo privado entre él y el prisionero, pero está atento a si la deuda es pagada totalmente, o el acreedor totalmente satisfecho; entonces, y no antes de esto, él librará a su prisionero.

“¿De dónde proviene esta buena noticia, que Dios es reconciliado con una pobre alma, y que sus pecados son perdonados? Seguramente del Evangelio de Cristo, y de ningún otro modo. Sólo aquí está el pacto de paz a ser leído entre Dios y los pecadores; he aquí el sacrificio por el este perdón es comprado; aquí, los medios hallados por los cuales los pobres pecadores puedan tener el beneficio de esta compra; y por lo sólo aquí la conciencia acusadora puede encontrar paz. Si los Israelitas mordidos por las serpientes hubiesen mirado cualquier otro objeto aparte de la serpiente de bronce, ellos nunca se hubiesen sanado. Tampoco la conciencia mordida encuentra descanso en contemplar cualquier otra cosa que Cristo en la promesa del evangelio. El Levita y el Sacerdote miraron al herido, pero no se acercaron a él. Para ellos él pudiera haber quedado allí tendido y perecido en su sangre. Fue el buen Samaritano quien derramó aceite sobre sus heridas. No la ley, sino Cristo por Su sangre, lava y suaviza, viste y sana la conciencia herida. Ninguna gota de aceite que pueda ser obtenida en este mundo sirve para este propósito sino sólo lo que es provisto y guardado en este frasco del evangelio. Hubo abundancia de sacrificios ofrecidos en la iglesia judía, más aún, puesta toda esa sangre de bestias, que fue derramada desde el principio hasta el final de la dispensación, y con todo, no fueron capaces de aquietar una conciencia o limpiar un solo pecado. La “conciencia de pecado” como lo parafrasea el apóstol (Hebreos 10:2) —es decir, la culpa en sus conciencias—  aun hubiera permanecido sin ser borrada a pesar de todo esto, si se hubiera roto de lo que significaba espiritualmente por ellos.

Traducido de Complete Armor, Vol.1, p.521-523

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